Los grandes desafíos de la nueva industria petrolera venezolana

Especial para El Globo News

ING. EDUARDO J. BETANCOURT

 

 

 

 

 

 

 

 

Si en algo hay una coincidencia, tanto a nivel nacional como internacional, es en la necesidad de cambiar el actual sistema político y económico de Venezuela antes de que colapse totalmente el país. Ese día la nueva dirección petrolera venezolana enfrentará desafíos inmensamente superiores a los que en su momento enfrentó la anterior dirección petrolera en el momento de la nacionalización. Entre los más grandes estarán: el desafío estratégico, es decir, establecer el rumbo de la industria para optimizar la ventana de oportunidad que aún queda para los hidrocarburos de Venezuela; el desafío competitivo, lograr una excelencia operacional para ser capaces de competir a nivel mundial, que incluya la formación de las generaciones de relevo, técnicamente competentes y con una sólida cultura organizacional de ética, responsabilidad y excelencia; y el desafío comunicacional, para lograr un consenso en la opinión pública y en los actores relevantes de la política y la sociedad civil sobre la realidad petrolera de Venezuela y las acciones a seguir. Hoy nos referiremos al desafío estratégico.

Cuando en enero de 1976 el gobierno de entonces nacionalizó la industria petrolera, el mayor desafío para la nueva dirección de PDVSA fue construir una empresa de clase mundial, que pudiera estar a la altura de las grandes corporaciones de esa época. En 1976 ocurrió una transición suave. A pesar de que las empresas trasnacionales como consecuencia de la política gubernamental de “no más concesiones” habían disminuido sustancialmente sus inversiones, reducido su personal a menos de la mitad del existente en 1958, eliminado prácticamente la exploración, y que esto había repercutido en una caída de la producción de 1,400,000 barriles por día, entre 1970 y 1976, la mayoría del personal clave en las empresas operadoras ya era venezolano y estaba preparado para manejarlas, desde el punto de vista operacional, con eficiencia.

Sin embargo, para enfrentar el desafío estratégico de insertar a PDVSA como una empresa petrolera de clase mundial era necesario crear un sistema de comercialización de sus productos, a nivel internacional, y consolidar sus propios mercados, elevar sustancialmente la producción y reservas, formar al personal directivo de alto nivel y al resto del personal técnico y administrativo, y establecer un centro de investigación y desarrollo tecnológico, pilares fundamentales de cualquier gran corporación petrolera. Para eso era necesario desarrollar habilidades directivas, como las que las trasnacionales tenían en sus casas matrices en el exterior. En el transcurso de los siguientes 25 años se demostró que eso era posible y PDVSA pasó a ser una de las empresas más eficientes e importantes del mundo, renovando la exploración para aumentar las reservas, deteniendo la caída de la producción y duplicándola, entre 1985 y 1998, desarrollando tecnología propia como la orimulsión y creando un centro de formación petrolera ejemplar como el CIED.

 

CALENTAMIENTO GLOBAL Y LAS EMISIONES DE GASES CONTAMINANTES

Sin embargo, los últimos 15 años se han caracterizado por una sistemática destrucción institucional, de cuya magnitud probablemente estamos viendo solo la punta del iceberg. En ese mismo período grandes cambios ocurridos en la industria petrolera mundial. Estados Unidos, nuestro principal cliente, ha pasado a ser uno de los principales productores de petróleo (si no el principal) gracias a la tecnología conocida como “fracking”. La comunidad internacional ha concientizado que existe un vínculo entre el calentamiento global y las emisiones de gases contaminantes, especialmente el dióxido de carbono, y que la supervivencia del planeta tierra pasa por reducirlo sustancialmente. Además se ha comprometido a hacerlo en el acuerdo de París. La tecnología ha avanzado drásticamente y esto se ha traducido en un incremento de eficiencia en la utilización de la energía, especialmente en el área de transporte y energía eléctrica, y en el desarrollo de nuevas fuentes de energía como la solar y la eólica. Las Naciones Unidas se han propuesto 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que se pueden resumir en tres objetivos fundamentales: eliminar la pobreza, mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y controlar el cambio climático, para alcanzar un desarrollo sustentable. Para lograr los dos primeros, se necesita energía. Para lograr el tercero se necesita reducir los gases de efecto invernadero.

Estas nuevas realidades han producido, en la industria petrolera mundial, un cambio en la percepción de la realidad energética. A comienzos de este siglo todavía se pensaba que el petróleo se nos agotaría y nos preguntábamos cuándo. La pregunta ha cambiado. Ahora es: ¿hasta cuándo lo seguiremos usando? Ya no se habla de “peak oil” sino de “peak demand”. El equilibrio entre la producción de energía para elevar el nivel de vida y la contaminación ambiental, es vital para el futuro. Eso apunta a que la contribución del petróleo para satisfacer los requerimientos de energía que demandará la población mundial, será cada vez será menor y la contribución de energías no contaminantes como la solar y la eólica se incrementará sustancialmente. Las grandes empresas petroleras no están ajenas a esto y trabajan con escenarios, para tener una mejor idea de cuales acciones tomar y cuándo cambiar el rumbo. Estos escenarios describen posibles historias de futuros diversos (generalmente dos extremos) a largo plazo. No son un pronóstico, ni una prescripción. No dicen lo que ocurrirá, pero sí lo que podría ocurrir y de esta manera les permite identificar mejores vías de acción. La mayoría de los escenarios elaborados por diversas empresas como Shell, Exxon y otras, apuntan a que el pico de demanda de petróleo ocurrirá en la próxima década y a partir de allí habrá una disminución progresiva de esta demanda, hasta finales del siglo.

Ante estas realidades nos encontramos con una industria petrolera nacional en franco deterioro, que expulsó a sus mejores técnicos y directivos, desmanteló los sistemas de administración y gestión operacional, permitió una galopante corrupción, dejó deteriorar las instalaciones, se endeudó y comprometió sus activos internacionales, y ha permitido caer la producción en picada. Y eso plantea un problema para Venezuela: ¿Hasta cuándo podremos utilizar el petróleo como una fuente de ingresos esencial para el desarrollo? ¿Qué futuro nos espera si no hay un cambio radical y profundo a corto plazo? ¿Cómo debería ser ese cambio y qué rumbo tomar? ¿Cuál es la verdadera ventana de oportunidad que queda y cómo aprovecharla? Estas son algunas de las interrogantes que nos proponemos examinar en un próximo artículo.

* Eduardo J. Betancourt es ingeniero mecánico (UCV) y abogado (UCV), con Maestría en Ingeniería de Petróleos (LUZ) y Especializaciones en Derecho Internacional Económico y de la Integración (UCV), y en Desarrollo Organizacional (UCAB). Trabajó en la industria petrolera durante 35 años en las compañías Shell de Venezuela y PDVSA, donde formó parte de su nómina ejecutiva. Ha sido profesor de postgrado en las áreas de Planificación Estratégica, Reestructuración y Optimización Operacional y Gestión Estratégica de Capital Humano, en la Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello y Universidad Simón Bolívar. Desde el año 2000, fecha de su retiro de PDVSA, se desempeña como consultor empresarial y profesor universitario. Es autor de varios libros, el último de ellos: “Estrategia, la piedra angular del éxito” (Amazon)

 

Eduardo Betancourt

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