BARCELONA INMORTAL

ISMAEL ÁLVAREZ DE TOLEDO  /
Periodista y escritor español

Barcelona merece muchos días para conocerla. Es una ciudad mediterránea y cosmopolita que integra en su trazado urbano restos romanos, barrios medievales y los más bellos ejemplos del Modernismo y las vanguardias del siglo XX. Al contemplarla desde la ventanilla del vagón que nos lleva a la estación de Sants, uno cobra consciencia de la magnitud de la gran ciudad que nos alberga. Estés donde estés en Barcelona, seguro que muy cerca, por el barrio o el distrito, hay algo interesante que ver.

La gran urbe y toda Cataluña vive prósperamente, y esta prosperidad le da tal seguridad de sí que le hace de vez en cuando aspirar a su independencia. Tiene una lengua, una historia, una literatura, hombres de talento, el bienestar económico que necesita… solo echa de menos la independencia. Y no obstante, en dos ocasiones ha tenido la oportunidad de lograr esta independencia y en ambas se echó atrás, quizás porque su progreso y bienestar camina unido, inexorablemente, al del resto de España.

El progreso de Barcelona se manifiesta también culturalmente. Museos famosos la embellecen, y regios palacios de mármol ricamente labrados brillan como labor de filigrana. Hay un museo dedicado solamente a Picasso y las colecciones privadas son realmente fabulosas. Pero donde verdaderamente se contempla la belleza y la historia de la ciudad, es en las iglesias. Estos recintos umbrosos, hundidos en medio de esta luz de Barcelona como entrañas del misterio, de pura piedra antigua ennegrecida por el tiempo, están henchidos de silencios y de ecos.

Al penetrar en el templo de Santa Eulalia, un hálito de frescor nos satura el pecho; la penumbra nos enciende en el corazón llamaradas ultraterrenas y el tiempo se dilata y gravita sonoro como un soplo de eternidad que se cierne sobre nuestro destino. Iglesia que guarda en su seno las reliquias de la Santa, toda sugestión y remembranza, está, como dice Miguel de Unamuno, “hecha de sombras espesadas”. La piedra gris ha florecido en flores eternas; la luz que se filtra por las vidrieras cae y se posa sobre el pavimento, levemente, hecha luz de eternidad.

El silencio sube a los labios, se espesa, se hace sabor de misterio. Este sabor que paladeamos, intenso, en otras iglesias también, como Santa María del Mar, no se llega a diluir con el inolvidable espectáculo que a veces se presencia a la entrada de la Catedral: en sus amplísimas gradas y en sus plazas, a los sones de una música monocorde, casta y austeramente rítmica, centenares de personas, especialmente jóvenes, bailan, cogidos de la mano, la sardana, la danza tradicional catalana. En pleno siglo XXI, la tradición sigue resonando aquí, pese al sentido práctico de la ciudad.

En la sardana alza su voz el clarinete, que emite unos sones redondos, vivos, pero austeros, que se dirían bajan de las mesetas pirenaicas o de los verdes campos de Gerona. Música limpia, clara, expresión de un alma recia e internamente equilibrada que transmite el sentimiento de la hermandad y de la seguridad rítmica de quienes la bailan con dedicación noble y digna.

Barcelona es una ciudad inmensa, dinámica, desbordante de realizaciones prácticas. Más que su indudable belleza y sus amplias calles, sus inmensas alamedas, sus casas de un estilo severo, levemente envejecido, es éste su carácter lo que provoca el interés del visitante.

Tras hacernos discurrir bajo la sombra y el verdor de las grandes alamedas, cuando el espíritu se cansa del espectáculo multicolor y bullicioso del gentío, busco alivio y cobijo cerca de los árboles altísimos de Las Ramblas, donde los pájaros exóticos y las flores caprichosas de las floristas nos traen un sabor de beatitud paradisíaca, o bien, nos adentramos en el barrio gótico, donde los bares y tabernas, bien abastecidos de exquisitas y famosas viandas, están abiertos hasta las dos de la madrugada para consolar a los humanos con sus bebidas y su sabroso yantar.

En pasillos asfixiantes y en tenebrosas callejuelas, lucen, silenciosos, los clubes nocturnos, los cabarets; sus músicas suenan tentadoras, expectantes. En la quietud de la noche, todo se compra y se vende, y la sórdida oscuridad, con sus manos manchadas, con sus mil ojos malignos, nos empujan hacia el mar, hacia las afueras.