Elecciones regionales en Venezuela: Participar es claudicar

JUAN CASTRO
Analista político

El 19 de agosto de 2017, David Smolansky, alcalde del municipio El Hatillo de Caracas, Venezuela, escribió una carta de su puño y letra desde la clandestinidad, tras haber sido destituido de su cargo y ordenado su encarcelamiento, mediante sentencia dictada por la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia señalando que “…2017 no es 2005…”, contextualizando así la decisión de la oposición de participar en las elecciones regionales venideras en Venezuela, en contraste con la elección de la Asamblea Nacional de 2005, en la cual no participó la oposición, permitiéndole al chavismo tomar el control total de ese Poder, para así cometer los desafueros que hoy ya son historia.

El alcalde pone en evidencia que en esta oportunidad el problema es “el CNE y el contexto en el que se está yendo a participar en las regionales”, más una Asamblea Nacional Constituyente inexistente en 2005, y la creación de una Comisión de la Verdad que, según sus palabras, se convertirá en un verdadero “tribunal popular” encargado de llevar a cabo una “cacería de brujas selectiva”, que de seguro tendrá como principales objetivos a los líderes opositores más prominentes que pretendan hacerse de alguna gobernación, aunado a la propia Tibisay Lucena, quien de por sí es ya un factor propio de falta de garantías para cualquier proceso electoral, a lo cual deben sumarse las declaraciones de la empresa Smarmatic, por las cuales concluye que la agenda de la oposición debería centrarse en retomar la lucha de calle, para lograr los objetivos planteados desde abril de 2017, a saber: respeto a la Asamblea Nacional, canal humanitario, libertad para los presos políticos, desconocimiento a la Constituyente y elecciones generales, de acuerdo al mandato del 16 de julio de 2017.

Es evidente que las actuales condiciones políticas, sociales y económicas del país no son las mismas existentes para el año 2005, cuando la oposición decidió no acudir a la justa electoral, entregando así la AN a Hugo Chávez, quien la utilizo para hacerse de todos los poderes públicos. En aquella oportunidad el abandono del camino electoral buscaba poner en evidencia el carácter totalitario y hegemónico del adversario político, quien en esos tiempos “respetaba” las normas del juego democrático puesto que utilizaba el sistema para destruir a la Republica mediante la construcción del andamiaje legal que le serviría para avanzar en la consolidación de su proyecto castro-comunista.

En virtud de las graves consecuencias que a la postre generó aquella experiencia abstencionista, pareciera haber quedado entre muchos aprendizajes, uno muy enraizado y es el que se describe con la conseja según la cual “no participar en las elecciones es ceder espacios”, permitiendo así que el adversario se haga más fuerte de lo que realmente es. Por ello, los sacerdotes de la oposición sostienen como una teoría inexpugnable que “deben participar en todo evento electoral”, independientemente del contexto general en el que este se lleve a cabo. Incluso, el muy respetadísimo jurista doctor Román J. Duque Corredor, magistrado emérito de la extinta Corte Suprema de Justicia, escribió el día 10/08/2017 en su cuenta de Twitter lo siguiente: “Pregunto, si acudir a elecciones regionales es convalidar dictadura, no ir qué es y qué se gana con no ir” y responder ese cuestionamiento plantea un reto para quienes conocemos la tesitura moral e intelectual del doctor Duque, sin embargo, al leer la carta del alcalde Smolansky puede uno advertir que esa máxima pitia de “acudirás a todo evento electoral” no puede ser tan sagrada.

UN REVÉS PARA LA LIBERTAD

Efectivamente, en las actuales condiciones políticas existentes en Venezuela, acudir a las elecciones regionales implica dar una bocanada de legitimidad a un régimen carente de ella. No ir a las elecciones regionales debió constituir un repliegue táctico de la oposición, con miras a lograr el objetivo fundamental que es salir de una vez por todas de este pseudogobierno narco terrorista, pero la táctica debe inscribirse dentro de una estrategia clara y definida para acabar con esta banda de delincuentes que asaltaron el poder político. Pero si la idea de participar es “ganar espacios”, estaríamos presenciando el “suicidio” político al que aludió Freddy Guevara en días pasados.

Si la estrategia de la MUD, en caso de tenerla, fuese ganar abrumadoramente gobernaciones y desde allí tener la real posibilidad de implosionar el andamiaje chavista, la opción electoral luciría aceptable, pero vista la forma de actuar de la tiranía, hoy sabemos que ello no será posible en la práctica, pues cualquier “triunfo” electoral de la oposición será más temprano que tarde esquilmado mediante las actuaciones de los “Pedro Estradas” togados, quienes mediante sentencias ordenarán el arresto de los gobernadores y a través de la creación de protectorados, almirantazgos, jefaturas, virreinatos, capitanías y cuanta estructura paralela se les ocurra, despojarán de sus competencias a los gobernadores.

Afortunadamente los “líderes” de la oposición reunidos en la MUD no son “la oposición” ni son la mayoría de países del mundo, que están muy claros en que el régimen de Maduro ya se excedió de todo límite y por ello hay que ponerle fin de inmediato a sus actos delincuenciales, y esta percepción global de la realidad venezolana nos hace ser optimistas.

Pero un país como Venezuela, que “entró” al siglo XX gracias a las ingentes inversiones norteamericanas, que le dieron un impulso extraordinario como nación, pero que al propio tiempo desarrolló el síndrome de la obtención de los mayores beneficios con los menores esfuerzos, gracias en parte a la ausencia de una sociedad forjada al calor de la constancia, la creación, la innovación, el emprendimiento y el desarrollo de procesos productivos e industriales como los acaecidos en la Europa y los EE.UU. del siglo XIX, no luce preparado para hacerse cargo de sí mismo.

Evidencia de ello es la actitud errática de su dirigencia política, que prefiere seguir haciendo lo que sabe: convivir con el tirano a beneficio de inventario, y sobrevivir en el mundo que conoce: el de lo fácil y lo frívolo. Un país en el que nos enseñaban en la escuela las consejas según las cuales Venezuela es el mejor país del mundo, el más rico, el que tiene las mujeres más bellas, las playas más hermosas y, por si fuera poco, es la meca turística de Suramérica, sin que todos estos enunciados tuviesen como contenido el haber desarrollado tales condiciones gracias a un cuerpo social tenaz, constante y empeñado en mejorar su calidad de vida por mano propia y no a expensas del Estado o del esfuerzo creativo y empresarial de terceros, un país así no parece estar preparado para por fin entrar al siglo XXI. Con razón después de tanto sacrificio de vidas en los 120 días de protestas, hemos vuelto a ser como somos, por lo cual, estamos como estamos.

No cabe duda que la mayoría de la dirigencia política de la oposición es experta en el método d’Hondt, el principio de proporcionalidad de las minorías, la preparación de los miembros y testigos de mesas, la contabilización de actas, etc.; y por eso su escenario natural de lucha son los eventos electorales, equiparables a los concursos de belleza, así las elecciones son los “Miss Venezuela” de la política, y ante el concurso no existe candidata que se resista a competir, sin embargo, considero que en los actuales momentos la dirigencia democrática debe probar suerte en otros escenarios y quizá recordar aquella frase de Thomas Jefferson cuando expresó lo siguiente: “¿Sabes qué detiene a un hombre malo con una pistola?, un hombre bueno con una pistola”. No es momento de concursos de belleza.