LA ASAMBLEA NACIONAL

El Globo News/

ANTONIO LEDEZMA

Todavía hay quienes le enrostran a la dirigencia de oposición el supuesto error táctico de no participar en las elecciones celebradas en diciembre de 2005. La cierto es que en aquella coyuntura había una repulsión general por parte de la ciudadanía y, especialmente por los gerentes de los medios de comunicación, a que las fuerzas partidistas se involucrarán en esa medición que tenía previamente arreglada el régimen liderado por Hugo Chávez, desde su base de operaciones electorales que era, sin duda alguna, el CNE manipulado, a su leal saber y entender, por Jorge Rodríguez.

La decisión de no participar se tomó, prácticamente, por unanimidad de todos los jefes de los partidos políticos que existían para la fecha. Esa medida daba a entender que desde ese instante no avalaríamos ningún proceso electoral sin que se dieran elementales garantías de transparencia electoral. Lamentablemente, la rigidez que se puso de manifiesto en diciembre de 2005 se transformó en una “gelatina electoralista”, cuando en enero del año siguiente (2006) comenzaron a surgir precandidatos presidenciales para la justa prevista para diciembre de ese año. O sea, se modificó la supuesta estrategia de presionar al régimen y Chávez. Sus asesores cubanos, inmediatamente advirtieron, por dónde era vulnerable esa dirigencia opositora. Lo demás es historia conocida.

Luego vinieron las elecciones parlamentarias de septiembre de 2010. La verdad sea dicha. La oposición logró articular fórmulas unitarias que hicieron posible sacar más votos que los postulados por el régimen. Ocurrió que Chávez había previsto, con sus tramposos emisarios del CNE, que las matemáticas darían resultados sorprendentes en Venezuela porque al final, aun habiendo superado a sus planchas con más sufragios, nos asignaron menos diputados que a ellos.

La dictadura se las arregló para hacer lo que le viniera en ganas dentro de ese parlamento. Desde modificar el reglamento para hacer del mismo un código arbitrario. Darle la palabra a los diputados de la oposición y así mismo cortarles el micrófono, según estuviera el ánimo de Diosdado Cabello, quien fungía de verdugo a cargo de ese foro venido a menos. Prácticamente era un circo donde se montaban los espectáculos que iban desde golpear salvajemente a diputadas como María Corina Machado o a Julio Borges, como se vio varias veces hacerlo a las huestes armadas del chavismo, hasta declarar enemigos de la patria a los gobiernos de EEUU, España, Alemania y Francia.

La oposición resistió y bajo la consigna de que “no se pueden abandonar los espacios”, acudimos, otra vez, nadando contra la corriente, a nuevas elecciones de parlamentarios, esta vez en diciembre de 2015. Maduro y Diosdado, hicieron de todo para truncarnos el camino a la victoria, que, a pesar de las marramuncias del régimen, se obtuvo clamorosamente esa fecha. Fueron esas las últimas elecciones competitivas en Venezuela.

¿Qué pasó después del 6 de diciembre de 2015?. La narcotiranía tenía sus planes B, C y D. Por eso dos semanas después aplicaron la aberrante estrategia de designar nuevos magistrados del TSJ. Y en enero, sin dejar, siquiera, que los nuevos diputados calentaran sus butacas, allanaron la inmunidad de los diputados del estado Amazonas y declararon en desacatado a la nueva Asamblea Nacional. Esa medida, a todas luces, injusta e írrita, aún persiste y así la narcotiranía se ampara para cometer todo tipo de acciones fuera de la Constitución Nacional.

En medio de ese salvajismo, la narcotiranía montó el parapeto de la Asamblea Nacional Constituyente. Realizó, fraudulentamente, elecciones de gobernadores, de alcaldes, legisladores y concejales. También montaron el espectáculo de las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018, proceso que fue anticipadamente declarado ilegal por la inmensa mayoría de los venezolanos y de los gobiernos democráticos del mundo. Por eso, hasta la fecha, Maduro es reputado como un usurpador de los poderes públicos en el país.

Finalmente, la verdad es que cuando se habla de “cuidar los espacios”, lo que cabe preguntarse es: ¿Qué espacios cuentan para enfrentar esta narcotiranía? Porque, si a ver vamos, en una Asamblea Nacional, que ganamos con mayoría calificada, no pudimos, siquiera, aprobar una ley de amnistía y, además, Maduro, continúa aprobando su presupuesto como mejor le parece a Diosdado y a su tribu de malandros. Inhabilitan a diputados; endeudan a la Nación y Maduro persiste en usurpar el Palacio de Miraflores. La conclusión acertada pareciera ser que el espacio codiciado debería ser Miraflores expulsando de sus predios al dictador de marras.

Hay quienes vuelven a argumentar que “las encuestas indican que ganaremos con más del 80%”. Eso me hace recordar que previo al tinglado montado para las irregulares elecciones regionales se decía más o menos lo mismo, indicando que arrasaríamos con más de 20 gobernaciones. El resultado está también a la vista de todos.

Lo que pretendo con este análisis es fijar posición basado en realidades. No estoy llamando a la abstención. Para nada. Es simplemente un recuento de hechos concretos que puede resistir todo tipo de argumentaciones en contrario. Sólo advierto que participar en elecciones parlamentarias con Maduro usurpando el poder no sería menos que un suicidio. Esa es mi opinión.

Pienso, con razones, que legitimaríamos la narcotiranía porque Maduro hará todo lo posible por manipular, otra vez, un proceso electoral apelando a su feroz maquinaria experta en desarrollar trampas. Pero, además, en el supuesto de ganar la resistencia esas nuevas “elecciones”, hipotéticamente hablando ¿Qué haríamos en una Asamblea Nacional nueva diferente si en la vigente, con las dos terceras partes de diputados no permiten Maduro y sus mafias hacer cumplir la Carta Magna?

Lo que corresponde es mantener firme la línea de que nada debe anteponerse a la tesis del cese de la usurpación. Que la actual Asamblea Nacional no ha perdido su vigencia, ni sus poderes constitucionales, porque ese espurio TSJ mal puede declarar en desacato a la institución indiscutiblemente legitima, de la cual depende y a la que, se supone, está subordinada.

Son interrogantes que desearía se respondieran para comprender mejor este panorama que se nos presenta.