La ética estoica

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Ernesto Andrés Fuenmayor /

Los estoicos proponen a la razón como la característica más elevada del hombre. Es ella la que nos diferencia de los animales, separando los impulsos instintivos del cuerpo de las reflexiones de la mente. Al poder razonar, no son solo los sentidos los que guían el comportamiento del ser humano. Este tiene la posibilidad de emitir juicios, separar lo malo de lo bueno en base a experiencias pasadas y su correspondiente componente genético.

Dada esta condición, el estoicismo argumenta que el elemento predominante y decisivo debe ser el razonamiento. Solo a través de este se pueden superar efectivamente las diversas dificultades de la condición humana, tan intrínsecamente compleja e ininteligible. Estas no solo pueden ser superadas, sino que su aparición debe ser entendida como un maravilloso reto, parte de la infinita concatenación de causas y efectos de la que somos parte en el mundo natural. El nivel de dificultad de las adversidades no será determinado por ellas, sino por nuestra percepción de las mismas y el grado de apego a lo que los estoicos llaman “afectaciones”. La codicia, la lujuria, el miedo y la tristeza son las cuatro principales: qué tan autárquicamente el hombre se desenvuelva en su realidad dependerá de cómo sepa manejar estas apariciones. Al identificarse con alguna de estas impulsivamente se perderá la calma, y la razón perderá su predominancia, con lo cual la más valiosa herramienta de la autosuficiencia habrá desaparecido. La “autarquía” es para los estoicos el más deseable de los posibles estados internos, quien lo obtenga será autosuficiente, independiente y vivirá en una inamovible alegría basada en la concordancia con su naturaleza más elevada.

En este sentido, los mecanismos de discernimiento que el razonamiento ofrece nos permiten alejarnos de ese aspecto animal, visceral de nuestra naturaleza y acercarnos a una armonía que trascienda las circunstancias externas y el placer sensorial. Este puede ser disfrutado, siempre y cuando sea con medida y con la certidumbre de que no debe predominar ni ser priorizado. Todo lo que llega debe irse: que el placer llegue, entonces, a una condición que ya era intrínsecamente armoniosa, la influya brevemente para luego irse, sin ser extrañado ni necesitado. El pensamiento estoico indica que por medio del razonamiento el hombre vivirá en una elevada meseta, su tranquilidad hecha independiente de su entorno por la certidumbre de que se basta a sí mismo en el contexto de una infinita existencia natural, imprevisible, inagotable, absoluta y fantástica.

La resiliencia es, entonces, un punto central de la enseñanza estoica. Uno no debe entregarse servilmente a las fuerzas del destino, sino cambiar lo que puede y debe ser cambiado, aceptando aquello que se sale de nuestras manos como parte del perfecto mundo natural. Las situaciones adversas son pruebas de carácter y oportunidades para demostrar la prevalencia de la razón sobre las afectaciones. El manejo emocional de situaciones críticas llevarían a errores de juicio y el resultado sería insatisfactorio. Dijo Séneca: “al que más apresuradamente caminare, desviándose de la verdadera senda y siguiendo la contraria, le vendrá a ser su misma diligencia causa de mayor apartamiento”. La resiliencia sería en este caso la victoria de la razón sobre la emoción, el aprovechamiento de la adversidad como oportunidad para mejorar debilidades y reparar errores en la composición propia.

El poder introspectivo de las crisis debe ser reconocido en todo momento para poder sacarle provecho a estas. La victoria de las afectaciones nos reducirían al lamento y nos entregarían al sufrimiento que rara vez, tiene sentido o justificación. Se tomarían decisiones abruptas y contraproducentes, nuestra parte visceral y reactiva dominaría, haciéndonos daño a nosotros y a los nuestros. Los estoicos proponen la certidumbre de que las circunstancias de vez en cuando se tornarán adversas, por lo tanto, promueven una mentalidad que se sepa autosuficiente en el manejo de las mismas.

Siempre tenemos todo lo que necesitamos. Con la conciencia, la razón y los sentidos como constantes compañeros, la soledad no es más que una oportunidad para disfrutar esta condición. La contemplación de la propia existencia se convierte entonces en un deleite, la fascinación por la conciencia y sus contenidos en el más grande placer. La compañía de otros, a veces tan amena, no es más que la variación de una condición previa que ya era intrínsecamente perfecta. Que esta certidumbre te guíe y acompañe.