Mea culpa

Juan Castro
Analista venezolano  (Miami)

Suele afirmarse que nuestras acciones determinan nuestro futuro.  Que nuestro “mañana” será de una u otra manera, dependiendo de lo que hagamos hoy, sin embargo, en lo personal, y como venezolano,  mi experiencia me dice otra cosa, o quizás otras cosas, que van más allá de las afirmaciones anteriores.  Sin duda lo que nos ocurre en la vida como personas, como país, como sociedad como familia, etc, tiene mucho que ver, no solo con las acciones que acometemos, sino también con aquellas “cosas” que no hacemos.  

El concepto de “no hacer” es muy común en el derecho de obligaciones, implica el abstenerse de realizar una conducta, y tal abstención está dirigida a permitir que se le abra camino a eventos que han de ocurrir gracias a la inacción, pues de lo contrario no serían realizables.  Así, la patente que impone un deber de abstención a quienes no son sus titulares, permiten el influjo de dinero necesario al dueño de la misma para que pueda desarrollar más invenciones.  Como en la esfera individual, también en lo social, el destino de los individuos, y por ende de las naciones, está sumamente ligado a lo que éstos hacen y a lo que dejan de hacer.  

Veamos: en Venezuela a los de mi generación (42), se nos inculcó desde pequeños que era importante estudiar “para ser alguien”, portarse bien, respetar a los mayores, ser educado antes que nada, y así un cúmulo de orientaciones de conducta en virtud de las cuales se suponía que debíamos ser una sociedad de avanzada, pero al propio tiempo se nos legó la cultura de la inacción, del dejar hacer y el dejar pasar.  

Si un padre no asumía sus obligaciones frente a los hijos, entonces la sociedad no lo veía mal, sino que por el contrario, salía la mujer a hacer las veces de padre y madre, muy orgullosa por cierto, tanto ella, como su entorno familiar de tal proeza, cuando en realidad lo que se estaba generando era una práctica perversa gracias a la cual en Venezuela los hombres dejamos de asumir nuestro rol de hombres y por ende no nos responsabilizamos por afrontar las consecuencias de nuestras decisiones personales, lo que generó un sinfín de hogares disfuncionales.

Así al que no votaba en las elecciones de cualquier tipo se le disculpaba bajo la consigna “es que son muchachos”, están estudiando, y por ello tienen que ir a la playa.  Pues resulta que muchísimos de esos muchachos, que en las elecciones para presidente o congreso iban a la playa, en vez de ejercer su rol como ciudadanos, hoy en día son padres y madres de familia que están en el exterior, buscando el futuro que, no solo la pandilla chavista les negó, sino que ellos mismos se negaron al no haber participado activamente en el que hacer nacional.  

Fui Juez Civil en la ciudad de Caracas, y muchísimas veces me topé con decisiones que emanaban del alto gobierno judicial, que afectaban al sistema de administración de justicia, pero también en demasiadas oportunidades, por estar pendiente de “los propios asuntos del Tribunal”  o simplemente para pasar desapercibido y “evitar problemas” no supe oponerme con la fuerza y la firmeza necesarias, utilizando las herramientas jurídicas que el derecho nos otorga, para frenar cualquier cantidad de atropellos y tropelías que nos trajeron al estado de miseria en el que vivimos los venezolanos, independientemente de donde nos encontremos, y de la condición política, social y económica, porque déjenme decirles algo, por mucho dinero que tenga alguien que esté en el exilio o disfrutando de plata mal habida, simplemente no está en su país, en su terruño y eso ya de por si es un peso suficientemente grande.

Ahora bien,  no me cabe la menor duda que la situación de todos los venezolanos, en el exilio, en el país o en el “disfrute” extraterritorial bolivariano, son el producto directo de muchas decisiones individuales y colectivas erradas, pero quizá más aún de muchas inacciones, las cuales abrieron las compuertas para que la banda de delincuentes que hoy usurpa el poder en Venezuela, arrasara con lo poco que quedaba de país.  Razón tiene Agustín Blanco Muños cuando dice que Venezuela es un Ex país.  

Habrá que construir uno nuevo, de las cenizas, como el ave fénix, poniendo el acento en la educación y la formación cívica de sus ciudadanos, en la moral como base de toda actuación, pública y privada, en el respeto, a la ley, al otro, a la dignidad humana, para que los venezolanos del futuro no vuelvan a pecar, ni por acción ni por omisión, evitando así nuevas y peores tragedias futuras.  Razón tenía el jurista uruguayo Eduardo J. Coture, cuando decía que “mientras los jueces tengan miedo, los ciudadanos no podrán dormir tranquilos”.  Quizá ese miedo nos paralizó.  Entre tanto permítanme decirles compatriotas.  Mea Culpa, Mea Culpa, Mea Máxima Culpa.