Se agudiza crisis de refugiados venezolanos en Madrid: Familia que salió huyendo ahora está en la calle

Leticia Reyes /

Elglobonews.com –

Un verdadero drama viven los cientos de personas que  llegan a la capital española en busca de refugio y son rechazados ante el colapso del Samur Social, que deja a familias enteras durmiendo en la calle a la intemperie.

A las puertas de esta institución social hay un colchón que dio cobijo por dos noches a Bernardo Méndez, su mujer y su niño de 5 años, una familia cubana y que consiguió guarecerse en el centro de acogida de emergencia, donde lleva ya una semana; el colchón -un regalo de un vecino- se lo cedieron a unos venezolanos que solicitaron asilo tras ellos, y estos a los que vinieron después.

Es la puesta en escena de un problema que persiste desde hace meses y que ha empeorado esta semana, cuando varios menores durmieron con sus padres a la intemperie. Desde el Ayuntamiento de Madrid aseguran que el sistema está “colapsado” y se atrincheran bajo el lema de que “es competencia del Gobierno”. No obstante, tras reunirse este martes con representantes de los ministerios de Interior y Migraciones, el Consistorio ofreció al Ejecutivo central siete espacios donde sería posible ubicar nuevos centros de acogida.

Los 6.000 solicitantes de asilo que prevé el Ayuntamiento madrileño que llegarán hasta final de año “competirán” por una plaza en alguno de estos centros. De esta cifra el 80% son latinoamericanos (en especial, venezolanos), según el delegado de Familias, Igualdad y Bienestar Social, Pepe Aniorte.

Voluntarios reparten sopa caliente entre quienes solicitan asilo y refugio

Mamukek, un hombre de 50 años, natal de Tiflis, capital de Georgia, se acomodaba para cumplir su trigésimo día en la calle. Compartía colchón y mantas con su compatriota Mguram, más afortunado: el jueves sería su cuarta noche. Cerca de ellos, una familia siria descansaba sobre un par de maletas con dos niños, de 16 y 13 años. El hermano mayor sabía hablar alemán: “Hemos dormido dos noches en la calle”. Después de un rato esperando, no se sabe muy bien a qué, desaparecían. “De aquí los mandan al hostal Welcome, que no es mejor”, aseguraba una mujer, que se presentó junto a varias personas, alrededor de las 21 horas, con caldo, galletas, pan y café. No son vecinos de La Latina, sino colaboradores de la Red de Solidaridad Popular Latina-Carabanchel.

Por su parte Bernardo Méndez, un veterinario cubano y demandante de asilo señalo que había recibido la ayuda de un vecino quien le regaló un colchón y arroz con lentejas.

La tarjeta roja

La mayoría de extranjeros acuden al Samur Social para solicitar la conocida  “tarjeta roja”. Méndez ya ha conseguido su documento de refugiado político, tras escapar hace casi un mes de las cartillas de racionamiento de La Habana. Viajó  con su familia a Rusia, Serbia, Macedonia y, por fin, Barcelona y Madrid. “Allá vivimos engañados”, critica este veterinario, opositor al régimen cubano, que tiene cita el próximo 23 de octubre con la asistente social, donde espera entrar en un programa de ayuda y poder ir a una vivienda compartida.

Niegan asilo a familia venezolana

Adolfo y Patricia, son un matrimonio venezolanos  de 51 y 32 años, quienes vendieron su casa, su carro y todas sus pertenencias para huir de Venezuela. “El comer era una proeza, el vestir otra más”, asegura ella, abogada de profesión. Este matrimonio, recién llegado a la capital española, esperó alrededor de una hora frente a las oficinas del Samur Social, con una maleta y sus tres hijos, de 17, 11 y 7 años. Pero aguardaron en vano. “Nos han dicho que están colapsados”, dijo Patricia después que los trabajadores les facilitaran solo información.

Esta familia venezolana de clase media tuvo suerte de no dormir en la calle porque una conocida les ofreció su casa en Madrid mientras regularizan su situación. “Venimos huyendo de Venezuela y ahora estamos en la calle”, sostiene Patricia que, aún así, reconoce que son unos «privilegiados» por haber podido dejar atrás la «crisis» que vive su país.

Así como esta familia son cientos los refugiados que llegan a Madrid en busca de un lugar seguro donde vivir.  Karim Soussi  de 37 años es de Túnez y lleva seis días durmiendo en la calle, viendo pasar a otros que, como él, piden refugio. “Llegan después, pero les dejan entrar y a mí no”, se queja, e insiste en que es “discriminación”. Hace un año salió de su país, “enfadado con el Gobierno”, y viajó a Marruecos. Logró llegar a Melilla, desde donde lo enviaron a Mérida. Aguantó allí cuatro meses, hasta que se subió a un autobús rumbo a Holanda.

Tras pasar por dos campos de refugiados en Ámsterdam, fue deportado y traído de vuelta a Madrid. El 25 de octubre tiene una cita con la Policía. “No sé adónde me mandarán esta vez”, se resigna Karim, que ha ejercido como peluquero y taxista, y quiere encontrar un trabajo para, “algún día, volver a Túnez y comprar una casa, con una pizzería debajo”.

Cada semana, 150 personas son atendidas por el Samur Social y, en lo que va de año, el número de refugiados casi se ha duplicado, hasta los 35.000. Las autoridades españolas  esperan que las nuevas 1.350 plazas que habilitará el Ayuntamiento, en cuanto Trabajo dé el visto bueno, puedan detener  este problema.

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